Estimados colegas parlamentarios,
estimados presidentes de Asamblea,
estimado Copresidente Lipponen:
Les doy la bienvenida a Bruselas. Este es el segundo encuentro que dedicamos al «Futuro de Europa», después del que celebramos los días 8 y 9 de mayo.
Durante el primer encuentro, el Parlamento estonio ratificó el Tratado constitucional. Esta vez, nuestra reunión coincide con la ratificación del mismo, mañana por parte del Parlamento finlandés. Felicito por ello al Presidente Lipponen. Y propongo multiplicar nuestras reuniones si así conseguimos que en cada reunión un Parlamento nacional ratifique el Tratado.
Agradezco también al Presidente Lipponen la excelente colaboración mantenida entre el Parlamento Europeo y el Parlamento finlandés para preparar esta sesión.
Esta tarde, nuestro grupos de trabajo se ocuparán de tres temas fundamentales: la energía, la prevención de conflictos y los futuros recursos de la Unión. Mañana por la mañana, los grupos de trabajo nos informarán de sus resultados y oiremos al Presidente de la Comisión y al Presidente del Consejo. Después, mantendremos un amplio debate sobre el «período de reflexión»: ¿dónde nos encontramos después de 18 meses de reflexión?
* * *
Por lo que se refiere a nuestros tres temas de hoy, creo que es importante, entre parlamentarios nacionales y europeos, que los abordemos de manera franca, puesto que afectan a la vez a la soberanía nacional y al interés general de la Unión.
• La energía condiciona tanto nuestro desarrollo económico interior como nuestras relaciones exteriores. Nuestras relaciones con Rusia ponen claramente de manifiesto que la cuestión de la energía está convirtiéndose en un componente destacado de nuestra política exterior.
En el plano interior, en una época en la que se habla de la Europa de los proyectos, la energía también puede ser el vector de un proyecto ambicioso para la construcción europea como lo fue el carbón y, después, la energía nuclear civil hace medio siglo. Debemos escoger entre el «cada cual para sí» –es decir, el nacionalismo energético, que se manifiesta aquí y allá– y una verdadera política común.
Personalmente no dudaría ni un instante: un proyecto energético global y común que integrase los aspectos medioambientales y las actividades de investigación sería un poderoso motor para nuestro crecimiento.
• La prevención de conflictos tiene como objetivo principal asegurar la estabilidad de nuestro entorno geográfico. En todo el mundo existe una fuerte demanda de Europa de la que no siempre somos conscientes. Nuestros ciudadanos también ven a Europa como un vector de paz.
Desde los dos «noes» al Tratado constitucional se han desplegado cinco nuevas misiones civiles, de policía o militares en distintas regiones del mundo. Me gustaría añadir el Líbano a esta lista, aunque nos encontremos en aquel país bajo la tutela de las Naciones Unidas. Pero las dificultades que hemos tenido para decidirnos a actuar, incluso tratándose de una zona que nos afecta directamente, muestran que todavía queda camino por recorrer.
• Los recursos del presupuesto comunitario son una fuente de tensiones internas. El sistema se ha complicado de ejercicio en ejercicio, multiplicando las excepciones y acabando por resultar ilegible. Aquí, el interés general ha cedido su lugar hace tiempo al principio reductor de la «justa contrapartida».
Si queremos colmar la brecha que se abre entre la Unión y los ciudadanos, se impone un sistema más equitativo, más transparente y más sencillo.
Ésta es la conclusión a la que llegamos el pasado mes de mayo. Este nuevo debate nos debería estimular a ir más lejos. También he depositado muchas esperanzas en el trabajo de nuestro ponente, que no escatima esfuerzos para elaborar propuestas de consenso con vistas a la importante cita de 2008-2009, en la que habrá que reconsiderar sin tabúes el presupuesto comunitario.
18 meses de reflexión
La energía y la política exterior nos llevan también al Tratado constitucional, ya que éste nos proporciona un fundamento jurídico para desarrollar una política energética y refuerza también nuestra capacidad de acción exterior.
Mañana evaluaremos los progresos realizados 18 meses después del comienzo del «período de reflexión». También podríamos decir «60 meses después de la Declaración de Laeken», en la que se formulaban con claridad los acuciantes desafíos a los que Europa ya se enfrentaba.
La futura Presidencia alemana debería sintetizar los resultados de las reflexiones en curso y proponer una vía para salir de la actitud de espera e inacción hoy tan extendida. Se habla de la convocatoria de una Conferencia Intergubernamental el próximo verano.
Después de la experiencia abierta y constructiva de la Convención, ¿vamos a volver al viejo método diplomático? ¿Van a ser relegados los Parlamentos al papel de espectadores?
Hasta ahora, el período de reflexión aporta más preguntas que respuestas. Oigo cada vez más voces que se pronuncian por la salvaguarda de la "sustancia" del tratado Constitucional. "Sustancia" es la nueva palabra mágica. Me parece que tenemos que salvaguardar no solamente la sustancia del contenido sino también la sustancia del método.
El 1 de enero de 2007, 18 Estados miembros de 27 habrán ratificado el proyecto. Aunque es indudable que ya no se avanzará mucho sobre la base del texto actual, se trata de una mayoría importante que debe incitarnos a preservar los logros esenciales.
La Europa de los resultados y las reformas institucionales
El principal consenso que distingo hasta ahora en las posiciones de nuestros gobiernos es que Europa debe actuar, con independencia del tropiezo constitucional. Es obvio que Europa debe actuar. Pero en nuestra Unión ampliada de 27 Estados miembros, ¿puede disociarse realmente la acción de la capacidad de acción?
No se puede oponer la Europa de los resultados a las reformas institucionales.
Uno de los síntomas de la actual enfermedad es la unanimidad. En el ámbito de la cooperación judicial penal o en la gestión de la inmigración legal, todos sabemos que la unanimidad nos condena a la parálisis colectiva, y no necesariamente en beneficio de una acción nacional más eficaz.
Frente a desafíos comunes, diagnosticados como tales en la Declaración de Laeken, la unanimidad es una forma de abdicación. Yo les pido que no abdiquen. Les sugiero que hagan fructificar el trabajo de reforma emprendido desde Laeken, que piensen en la acción sin desatender la capacidad de acción y que aporten una contribución sólida a la reflexión en curso.
Les deseo el mayor éxito en su trabajo.
FONT: Parlament Europeu