Presidente Hayes,
Señoras y Señores,
Estimados colegas parlamentarios,
Deseo manifestarles mi agradecimiento por brindarme la ocasión de intervenir ante su Foro.
Me siento muy honrado de encontrarme entre ustedes, ya que su Foro Nacional sobre Europa es único en su género. Desde hace cinco años celebra intercambios de puntos de vista muy interesantes, abiertos a la sociedad civil.
Constituye un ejemplo que merecería ser imitado en los demás Estados miembros para que progresen los debates sobre Europa.
Es asimismo un modo, entre otros, de subsanar el déficit democrático que existe actualmente con respecto a los asuntos europeos.
Me han invitado a debatir con ustedes una cuestión de fondo: «¿Es el Parlamento Europeo la respuesta al déficit democrático?».
Antes de formular un esbozo de respuesta, desearía contarles una anécdota.
¡Bruselas tiene la culpa!
El 15 de noviembre, durante el periodo parcial de sesiones del Parlamento Europeo en Estrasburgo, escuché una información en la televisión francesa. Cito de memoria:
«Hoy entran en vigor nuevas medidas europeas sobre el reciclaje de los residuos electrónicos. A partir de ahora, para cumplir las exigencias de Bruselas, deberán pagar un impuesto sobre el reciclaje ...»
Me quedé un poco sorprendido por esta manera de exponer las cosas: ¡Bruselas os hace pagar! Evidentemente, así no nos acercaremos a la Europa de los ciudadanos.
Sin ni siquiera ser conscientes de ello, un gran número de medios de comunicación, responsables políticos o asociaciones siguen presentando a «Bruselas» como un centro de poder lejano e intrusista. Como una especie de tiranía burocrática extranjera.
Expresándose de este modo, no sólo se agudizan las diferencias con los ciudadanos sino que se crea también un déficit democrático, incluso donde no existe.
Si queremos reconciliar a Europa con sus ciudadanos, sería mucho mejor explicar a los telespectadores:
• que esta reglamentación ha sido adoptada por su Gobierno y sus diputados europeos;
• que esta medida se justifica para evitar que cada año se viertan al medio ambiente, aquí o fuera de aquí, millones de toneladas de dichos residuos electrónicos;
• que esta medida se adopta a nivel europeo para evitar distorsiones de la competencia entre unos países y otros;
• que son, ante todo, los productores los que cargan con los costes, aunque éstos también repercuten en los consumidores.
Podría contar múltiples anécdotas de este tipo ―¡este año ha entrado en vigor casi un centenar de directivas!― para mostrar que hay dos tipos de «déficits democráticos»: un déficit supuesto y un déficit real.
• El déficit democrático supuesto es, ante todo, un déficit de información, que deberíamos subsanar mediante una comunicación correcta sobre lo que es Europa y lo que hace. Todos somos responsables de ello.
Me acuerdo de un eslogan que hacía furor aquí durante el referéndum sobre Maastricht: «¿No sabes? ¡Vota no!»
Es un poco pobre como concepto político. Pero este eslogan muestra que de la falta de información al rechazo sólo hay un paso.
Irlanda lo experimentó con los dos referéndums sobre el Tratado de Niza. En 2001 se pensó que el Tratado se aprobaría sin dificultades y sin grandes campañas. Pero ganó el «no».
En 2002, después de que Irlanda obtuviera garantías sobre su neutralidad y después de una campaña de información sin precedentes, fue el «sí» el que ganó.
En 2005, en Francia, entre ciertos electores que consideraron que el texto del Tratado constitucional era excesivamente complejo, se produjo un fenómeno similar. Hay a veces un efecto de saturación.
La impresión de déficit democrático se debe también al hecho de que el modelo de nuestras democracias se fundamenta en un ejecutivo responsable ante una asamblea legislativa elegida. Es el modelo de Montesquieu.
Europa no corresponde a dicho modelo. Montesquieu no ha pasado por Bruselas. Y, por lo tanto, nuestras instituciones son menos transparentes.
A esto se añade la existencia de unos sistemas electorales para las elecciones europeas diferentes según los países. Las circunscripciones únicas no favorecen, evidentemente, la cercanía entre electores y elegidos.
• Por lo que respecta al déficit democrático real, es, sin duda, menor de lo que se piensa, pero existe y debemos subsanarlo con nuestra acción política.
Es cierto que los diputados, al igual que los Ministros, los Jefes de Estado y de Gobierno o los Comisarios, deben informar más sobre su acción europea.
Pero no sólo ellos: los parlamentarios nacionales, en su función de control de los Gobiernos, y los partidos políticos deben participar también en este trabajo de información.
Este año, con motivo de la Fiesta de Europa, Irlanda dedicó una jornada de debate parlamentario a los asuntos europeos.
Les felicito por ello. Pues se han adoptado decisiones a nivel europeo, y es importante decir quién lo ha hecho y por qué. Es una experiencia que os invito a repetir y que deberían imitar los demás países de la Unión.
A veces son los propios Gobiernos quienes un día piden una medida europea y al otro se quejan de ella hablando de «Bruselas». Como si ellos mismos no estuvieran representados «en Bruselas».
Se ha dado el caso de que un Gobierno ha pedido discretamente a la Comisión que emita un juicio severo sobre su déficit presupuestario para posteriormente intentar convencer mejor a su opinión pública de que debe realizar esfuerzos ...
Es así como se puede agravar, en vez de subsanar, el déficit democrático, con un discurso oportunista.
¿Qué es la democracia?
Para combatir este déficit democrático es necesario asimismo reflexionar sobre qué es la democracia en nuestros tiempos.
No es sólo una cuestión de elecciones, y posteriormente de relaciones de poder entre los representantes electos.
La democracia tiene diversas formas: democracia representativa, democracia directa, democracia participativa.
Además, se han desarrollado nuevos canales de expresión de la voluntad popular, en particular, a través de Internet, lo que ha permitido, por ejemplo, el desarrollo planetario del movimiento altermundialista.
En fin, la democracia implica un deber de eficacia, so pena de perder legitimidad. Para Europa, es crucial.
Los problemas de la democracia representativa
El Parlamento Europeo se sitúa esencialmente en el marco de la democracia representativa, pero constituye también, parcialmente, una forma de democracia participativa.
Pero el PE no puede, por sí solo, subsanar el déficit democrático, real o supuesto, a escala europea.
Es indiscutible que la democracia representativa atraviesa un periodo difícil; se habla hasta de crisis, no sólo a nivel europeo, sino también a nivel nacional o incluso regional.
Desde 1979, los índices de participación en las elecciones europeas son cada vez más bajos.
En 2004, ¡el índice de participación sólo alcanzó el 45,6 %!, con mínimos inquietantes del 21 % en Polonia y hasta del 17 % en Eslovaquia.
Pero esta falta de interés se da también a nivel nacional o regional, como se ha visto recientemente en mi región de origen, Cataluña.
Ni siquiera la democracia directa tiene siempre éxito. Lo vimos aquí con ocasión del primer referéndum sobre el Tratado de Niza: sólo votó el 35,4 % de los electores. En España, el «sí» al Tratado constitucional fue abrumador ―76,7 %―, pero la participación sólo alcanzó el 42,3 %.
La influencia creciente del PE
En muchos países, el malestar de la democracia representativa procede sobre todo de la preponderancia del poder ejecutivo sobre el poder parlamentario.
La situación es diferente en las instituciones europeas, en las que no hay un Gobierno propiamente dicho y donde el Parlamento Europeo ha ganado en influencia durante las dos últimas décadas.
Desde las primeras elecciones por sufragio universal, en 1979, estos poderes han aumentado de forma considerable.
En el ámbito legislativo, hemos pasado de la consulta a la cooperación, y luego a la codecisión, introducida por el Tratado de Maastricht para permitir a los representantes elegidos tomar decisiones en pie de igualdad con la otra rama del poder legislativo: el Consejo.
En los Tratados posteriores, la codecisión fue considerablemente ampliada, hasta el punto que se ha convertido en el procedimiento legislativo normal en el nuevo Tratado constitucional.
El Parlamento Europeo ha adquirido asimismo competencias presupuestarias, y su función de control y nombramiento no ha dejado de reforzarse, sobre todo de cara a la Comisión Europea.
Los candidatos a Comisarios deben recibir el visto bueno del Parlamento en una audiencia, como acaba de ocurrir en el caso de los candidatos rumano y búlgara, y a veces, como en 2004, en el caso del Sr. Buttiglione, pueden recibir una tarjeta roja.
Tres evoluciones paralelas
Aparte de los poderes cada vez mayores que le han sido conferidos por los Tratados, el Parlamento Europeo ha evolucionado de tres maneras muy significativas en su modus operandi.
1) Por un lado, se produce con frecuencia en su seno una búsqueda de un consenso mayoritario.
Durante años, esta alquimia fue más bien insípida, y en consecuencia poco mediatizada. Incluso se llegó a denunciar a menudo esa especie de «consenso blando», ciertamente con poco poder de movilización para el ciudadano-elector.
Constato que hoy día eso puede constituir un arma eficaz para nuestro funcionamiento, como se vio hace poco con la Directiva sobre los servicios.
En el Consejo, la búsqueda del consenso entre los 25 Gobiernos equivale a veces a la parálisis. Pero el Parlamento Europeo «fabrica consenso» a través de la negociación entre los grupos políticos, y los propios grupos políticos sintetizan a menudo en su propio seno los planteamientos nacionales.
Esta ventaja del Parlamento Europeo en comparación con el Consejo se manifiesta por ejemplo en las fases de conciliación, al término del procedimiento de codecisión. El PE consigue a menudo hacer valer sus puntos de vista, al proporcionar vías de compromiso.
Ese fue el caso, por ejemplo, de los ftalatos, unos productos cancerígenos que no se volverán a encontrar en los juguetes para niños.
Ese fue también el caso de las aguas de baño, la calidad de las aguas subterráneas o la exposición de los trabajadores a las radiaciones ópticas.
No son más que algunos temas en relación con los cuales el PE logró obtener unas normas más rigurosas, en beneficio de los ciudadanos.
2) Paralelamente, junto con el consenso mayoritario, se ha producido otra evolución de fondo: la vuelta de algunos votos partidistas bastante espectaculares.
El PE rechazó las Directivas sobre los servicios portuarios y sobre el transporte ferroviario. Los votos partidistas se producen también en relación con las cuestiones, cada vez más numerosas, que afectan a las libertades públicas. El PE pudo así reequilibrar de manera espectacular el proyecto legislativo sobre el almacenamiento de datos.
3) Asimismo, el Parlamento Europeo está cada vez más abierto a las realidades concretas. Lleva a cabo numerosas audiencias de los actores afectados por la legislación que ha de adoptarse. Envía misiones in situ para tener en cuenta en la medida de lo posible las realidades y los puntos de vista de la sociedad.
Es la transparencia en ambos sentidos. Todos pueden ver lo que pasa en el PE, donde casi todo es público, y el PE va a ver lo que pasa fuera.
El Parlamento Europeo, una parte de la respuesta
Todo ello es sano y deseable en una democracia representativa que debe evolucionar de forma permanente.
La cuestión consiste en saber si el público es suficientemente consciente y está lo bastante informado de este juego democrático y de sus ventajas concretas.
Según los sondeos, el Parlamento Europeo es la institución de la Unión que goza en este momento del porcentaje de notoriedad más elevado: un 89 %, comparado con un 81 % para la Comisión y un 64 % para el Consejo.
Ello no me hace sentir una satisfacción que estaría fuera de lugar. Constato simplemente que, durante mi mandato, el Parlamento Europeo ha seguido consolidando su acción, su posición y su transparencia.
Sinceramente, considero que cumple con su parte del trabajo en la lucha contra el déficit democrático. Pero, sin duda alguna, debería hacer más aún para comunicar los resultados.
Por lo tanto, a su pregunta: «¿Es el Parlamento Europeo la respuesta al déficit democrático?», mi respuesta sería que no es LA respuesta absoluta, sino sólo UNA PARTE de la respuesta.
Ya que el déficit democrático tiene también otras causas y otros remedios, aparte de la acción de los parlamentarios.
Proviene también de la falta de eficacia de las instituciones europeas y de la falta de claridad de nuestros mecanismos de toma de decisiones.
Una construcción permanente, siempre abierta
De Tratado en Tratado, algunos han denunciado los poderes cada vez mayores y fuera de control de «Bruselas».
Pero en realidad, una gran cantidad de nuevas medidas han reforzado asimismo la publicidad de las decisiones de las Instituciones y contribuido a que su funcionamiento sea más eficaz, más democrático y más cercano a los ciudadanos.
Se pueden citar, a grosso modo, la ampliación de la codecisión, la toma de posesión de la Comisión, la publicidad de algunos trabajos del Consejo, el acceso a los documentos, el diálogo monetario con el BCE, el protocolo sobre la subsidiariedad y la proporcionalidad, la Carta de los Derechos Fundamentales...
La propia manera en la que se elaboran los Tratados cambió con la Convención sobre el futuro de Europa, abierta a la sociedad civil. En relación con este punto, no creo que podamos volver atrás a las puertas cerradas de las conferencias diplomáticas.
El Parlamento Europeo y los Parlamentos nacionales mantendrán en lo sucesivo un diálogo periódico.
En cuanto al Tratado constitucional, incluye otros posibles avances para hacer que «Bruselas» sea más comprensible, más eficaz y más democrática:
- mecanismo de alerta precoz de los Parlamentos nacionales;
- derecho de iniciativa ciudadana;
- reparto más claro de las competencias entre la Unión y los Estados;
- jerarquización de las normas;
- simplificación de los procedimientos;
- generalización de la codecisión;
- reducción del uso de la unanimidad;
- etc.
Considero, por otra parte, que la unanimidad, considerada por algunos como una manera de proteger los intereses nacionales, es uno de los principales obstáculos al buen funcionamiento de las Instituciones y una fuente importante del desencanto democrático.
¿Se ven realmente favorecidos los intereses nacionales por una Europa impotente?
Conclusión
Para concluir, diría que no existe una democracia perfecta. El debate sobre el déficit democrático de la construcción europea existe desde hace décadas y no está a punto de extinguirse.
Este debate es un signo de vigilancia respecto a un sistema que siempre se podrá mejorar.
Las medidas que he enumerado, que ya se han incorporado en los Tratados anteriores o que se han prometido en el Tratado constitucional, no son más que unas contribuciones encaminadas a reducir el déficit democrático de una manera u otra.
Ya no se puede pretender que la Unión Europea es un objeto político no identificado que vuela sin control por encima de nuestras cabezas como una amenaza antidemocrática.
Pero todos estos avances no bastarán ciertamente para garantizar una mayor adhesión de nuestros ciudadanos a la construcción europea y subsanar el «malestar democrático».
Si los instrumentos están ahí, y sobre todo los que hemos previsto en la Constitución, tendrán que funcionar.
Debemos obtener resultados allí donde los ciudadanos confían en Europa: en nuestra adaptación a la globalización y, en consecuencia, en el ámbito económico y social, la política exterior, la innovación, la competitividad, la gestión de los flujos migratorios…
Debo añadir que, cuando se produzcan resultados, ya sea en forma de normas o de acciones comunes, es necesario aplicarlos, so pena de arruinar nuestra credibilidad.
Y ahí, la pelota está en el campo de nuestros Gobiernos.
Muchas gracias.
FONT: Parlament Europeu |