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Bamako, 24 de noviembre de 2006

Discurso del Presidente del Parlamento Europeo Josep BORRELL FONTELLES ante la Asamblea Nacional de Malí

Me alegra sobremanera tener ocasión de visitar África y dirigirme a ustedes.

Vale la pena ver el África real, sin los prismas deformantes de las relaciones geoestratégicas o de las agencias de viaje. África no es ni un continente a la deriva en el que se combate a sangre y fuego ni una reserva de pueblos pintorescos más o menos fotogénicos.

Tampoco es otro planeta cuya evolución no nos afecte. A todos nos sostiene el mismo planeta. Bajo los efectos de la mundialización cada día somos más interdependientes.

Nuestros futuros están unidos entre sí. Y más que nunca se impone la solidaridad.

La institución a la que represento, el Parlamento Europeo, trata a los países del África, del Caribe y del Pacífico de forma paritaria. Con este espíritu me dirigiré a ustedes: como socio en una empresa común, sin jerga burocrática ni idealismos ingenuos. Y a través de ustedes, los malíes, me dirijo también al pueblo de África en su totalidad.

Muchos textos. Para cuales resultados ?
El Parlamento Europeo se expresa a menudo sobre África y sobre la política de desarrollo. Pero, cada vez que leo nuestras resoluciones, me sorprende la cantidad de textos y de reuniones a las que hacemos referencia. Objetivos de Desarrollo del Milenio, informes de la CNUCED, de UNICEF, del Banco Mundial, Cumbre de Barcelona, Conferencia de Monterrey, declaración de París, Declaración de Nueva York...

Los responsables mundiales del desarrollo viajan mucho (casi tanto como yo), celebran muchas reuniones y producen grandes cantidades de textos. Pero, ¿qué resultados obtienen sobre el terreno? ¿Para qué desarrollo en concreto?

Persistencia de la pobreza

Muchos de estos informes, cumbres y declaraciones nos dicen que la pobreza persiste. El número de personas que viven en la pobreza extrema en el mundo (con menos de un dólar al día) se ha más que duplicado desde los años 60 y pasó de 138 millones a 307 millones en los años 90. Al ritmo actual, nos arriesgamos a llegar a los 420 millones en 2015.

Ahora bien, entre los grandes ocho objetivos del milenio (educación, salud, medio ambiente sostenible...) hay uno que consiste en reducir la pobreza a la mitad en 2015. ¿No habrá que decir que «consistía» en reducirla? Según un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, África podría no alcanzar esos famosos objetivos antes de 2147. Espero que los autores de ese informe se equivoquen de medio a medio.

Pero, en lo inmediato, la situación no es precisamente para felicitarse. El informe de 2005 sobre los progresos hechos hacia los objetivos del milenio muestra que 50 países, especialmente del África subsahariana, retroceden en vez de avanzar. Estos 50 países suman 900 millones de habitantes.

¿Cómo es posible que retrocedan tantos países? A pesar de los miles de millones de euros y de dólares en ayudas, en el mundo todavía mueren de diarrea dos millones de niños cada año, cuando un tratamiento de rehidratación apenas cuesta unas decenas de céntimos.

Cada 30 segundos muere un niño africano de malaria. Es decir, un millón de niños cada año. Es un tsunami silencioso. Y ese tsunami podría agravarse, puesto que el calentamiento climático amenaza con extender las zonas en las que son endémicas esta enfermedad y algunas otras, como la fiebre amarilla o la trepanosomiasis.

Al igual que el Comisario europeo Louis Michel, estoy convencido de que la lucha contra la pobreza «sigue siendo, a largo plazo, la mejor respuesta a los desafíos colectivos como la paz, la seguridad, las migraciones y la protección del medio ambiente».

¿Hacer más?

Pero, además, es necesario que la lucha contra la pobreza sea eficaz. A menudo, el primer reflejo es querer hacer más. Ahora bien, Europa aporta más de la mitad de las ayudas para el desarrollo que se ofrecen en el mundo, la mitad de las cuales se destina al África subsahariana.

Ya nos hemos comprometido a hacer más. Nuestro objetivo declarado es dedicar el 0,56 % de nuestro PNB a la ayuda al desarrollo en 2010, para alcanzar el 0,7 % en 2015. Esta fracción de porcentaje puede parecer modesta en comparación con la riqueza de la Unión Europea, y más teniendo en cuenta que llevamos veinte años oyendo hablar de ese 0,7 %.

Ignoro si podremos mantener ese compromiso, puesto que a la presión que soportan hoy los gastos públicos se le añadirán otros parámetros: el envejecimiento de su población, por ejemplo, o el calentamiento climático, o incluso el encarecimiento de la energía.

i Mejorar !

Sabiéndolo, es importante que no razonemos solamente en importes de ayudas, sino también aplicando criterios de eficacia. No sólo debemos hacer más: debemos hacerlo mejor.

Y esto nos concierne a todos, tanto a los donantes como a los receptores. En muchos países receptores, las ayudas no llegan siempre a quienes más las necesitan. Muchos países donantes tranquilizan su conciencia liberando fondos sin preocuparse demasiado por la poca o mucha eficacia con que se empleen.

Debemos fomentar más activamente el principio de responsabilidad, y de responsabilidad compartida. Sin esta responsabilidad política, las ayudas seguirán cayendo demasiadas veces en un agujero, o en un bolsillo, o en un bolsillo agujereado.

Está de moda la palabra «gobernanza». Es una palabra cómoda y suficientemente imprecisa para poder designar con ella a todo el mundo en general y a nadie en particular. Prefiero las palabras sencillas como transparencia —cúanto hemos dado o recibido— y responsabilidad —cómo se han utilizado estas ayudas—.

La Unión Europea se preocupa del respeto de los derechos humanos y de la democracia en los países en desarrollo; no lo hace por mesianismo ni por estética política.

Lo hace porque se trata de condiciones fundamentales para la eficacia de nuestra ayuda.

También lo hace por realismo político. Porque el futuro del mundo dependerá en gran medida de la manera cómo se desarrollen los sistemas políticos de los países emergentes.

Nueva estrategia

Éstos son los motivos por los que necesitamos unas estrategias más coherentes. Tenemos que acabar con los efectos perversos de la ayuda al desarrollo, que adormece a unos y crea buena conciencia en otros; que a veces empobrece en lugar de enriquecer; que mantiene una forma de dependencia postcolonial.

2005 marcó un hito en la política de desarrollo, algo de lo que me alegro. Hubo gestos relevantes, como el aumento de los esfuerzos del G 8 o anulaciones de deudas bastante masivas.

Europa, por su parte, adoptó una «Estrategia de desarrollo para África» y un «consenso europeo». Hasta ese año los esfuerzos europeos habían sido bastante dispares. Las ayudas nacionales y la ayuda europea habían seguido en ocasiones caminos divergentes. A partir de ahora, las 25 o 27 políticas nacionales de los Estados miembros y la política de la Comisión se inscribirán en un marco común, con unas prioridades comunes.

Un ministro ghanés se quejaba de recibir cada año a 400 donantes... Espero que en el futuro pueda aligerar su agenda para dedicarse más al trabajo sobre el terreno.

La nueva Estrategia europea se basa en el principio de «apropiación local». ¿Qué significa este principio? Significa una asociación entre iguales; ya no es el donante quien orienta el destino de las ayudas, sino que éste se determina junto con los destinatarios. Porque los proyectos impuestos desde el exterior a menudo no funcionan.

A partir de ahora, la mitad de las ayudas deberá ponerse directamente a disposición de los sistemas locales de ejecución. Este principio va acompañado de la obligación de que todos los participantes rindan cuentas.

La salud y la educación son, sin lugar a dudas, prioridades. Pero también hay que velar por el desarrollo económico y local e incentivar el espíritu empresarial.

Luchar contra la corrupción

En la actualidad estos objetivos se ven a veces obstaculizados por la corrupción, que desvía las ayudas de su destino. Si queremos erradicar la pobreza sobre el terreno, también tenemos que erradicar la corrupción.

Tenemos un primer marco jurídico internacional: la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, que entró en vigor en diciembre de 2005. Hasta la fecha, nueve Estados miembros de la Unión Europea (más Bulgaria y Rumanía y una veintena de Estados africanos) han ratificado esta Convención. No puedo sino alentar a todos los países a que lo hagan.

Me felicito de que hayan sido los propios países africanos quienes han creado el «Mecanismo africano de evaluación por los pares», para luchar mejor contra este azote (lo han firmado 25 países, entre ellos Nigeria y Malí).

La corrupción se alimenta de la falta de transparencia. Una mayor responsabilización de los actores, sobre el terreno, sólo generará beneficios, lo mismo que en Europa. () Pues, cuando hay corruptos, es porque también hay corruptores.

Tenemos que estar atentos, ya que la corrupción tiene un efecto devastador en la eficacia de la ayuda al desarrollo. Los expertos de la Unión Africana han estimado que la corrupción cuesta más del 25 % del PIB anual del continente: ¡148 000 millones de dólares estadounidenses! Espero también que se equivoquen.

El Parlamento Europeo ha manifestado su malestar a este respecto. Hemos propuesto el establecimiento de listas negras para que los bancos no presten dinero a las instancias corruptas. También queremos que las empresas involucradas en casos de corrupción queden excluidas de los contratos públicos.

Sin querer entrar en consideraciones de género, la lucha contra la corrupción también contribuiría a mejorar el acceso de las mujeres a los puestos de responsabilidad.

Embalsar los conflictos

Otro obstáculo al desarrollo, a la salud y a la educación son los conflictos que han asolado con frecuencia su continente y que han arruinado sus posibilidades de desarrollo.

Constato con satisfacción que estos conflictos están registrando una regresión espectacular. No hay que olvidar que queda Darfur. Y los conflictos en Costa de Marfil, Somalia y Uganda. Pero son muchos menos que en los años 80 y 90.

Si están en regresión, e incluso en vías de solución, es gracias al despliegue de las fuerzas de mantenimiento de la paz africanas que se está produciendo. Se están realizando esfuerzos diplomáticos a menudo fructíferos, esencialmente entre africanos.

Hombres de Estado como su Presidente, el Sr. Touré, o el Presidente de Nigeria, con quien me acabo de reunir, están siendo grandes artífices de estos progresos.

Estoy convencido de que los esfuerzos de integración regional que se están llevando a cabo en todo el continente, y ahora en el marco global de la Unión Africana, también están suponiendo una importante contribución.

Adaptarse a la globalización

La pacificación de África es una gran noticia, ya que hemos tomado la delantera en la solución de otros conflictos que exigen todas nuestras energías. Quiero hablar de la mundialización.

Decía al principio que está claro que vivimos todos en el mismo planeta. Y el planeta en cuestión es cada vez más pequeño.

Europa sigue apostando por la integración regional y, en los foros mundiales, abogamos por el multilateralismo y el Derecho internacional. Evidentemente, ello no excluye los acuerdos bilaterales entre los grandes bloques. Ni los diálogos políticos privilegiados. Pero debemos seguir defendiendo el multilateralismo y enriqueciéndolo.

Europa prefiere la fuerza de la norma a la norma de la fuerza. Quiero decir con ello que la mundialización sólo será justa si llegamos a acuerdos que sean mutuamente beneficiosos para todos y sean aplicados por todos, en vez de dejar que impere la ley del más fuerte.

Opino que la OMC sigue siendo el marco adecuado para este tipo de acuerdos, incluso si África tiene a menudo el sentimiento de ser la perdedora en la liberalización del comercio.

Para llegar a unos acuerdos más justos, el Parlamento Europeo reconoce que la apertura de los mercados de los países en desarrollo debe llevarse a cabo con prudencia. Ello significa, para los países en desarrollo, el derecho a definir el ritmo de esta apertura y a orientar la liberalización del comercio en función de sus objetivos de desarrollo. Somos partidarios de la no reciprocidad comercial durante períodos transitorios.

Por otra parte, el desarrollo de África supone también una reducción progresiva de las subvenciones agrícolas en los países ricos.

Esto es importante para Malí, por ejemplo, y especialmente en el sector del algodón. Las subvenciones concedidas a 25 000 productores estadounidenses hacen bajar los precios y reducen las posibilidades de exportación para 10 millones de agricultores africanos. Me alegro de que Europa esté más atenta a los intereses de este país, incluso si todavía queda un margen de maniobra para reducir nuestras subvenciones.

Sin embargo, esas reducciones sólo podrán acordarse en el marco multilateral de la OMC, por lo que insto enérgicamente a todas las partes a dar un nuevo impulso a las negociaciones de Doha. El bloqueo actual del marco multilateral genera una profusión de acuerdos bilaterales que no son necesariamente más ventajosos para los países en desarrollo.

Relaciones chino-africanas

A este respecto, desearía dedicar algunos instantes a los recientes avances en las relaciones chino-africanas, en particular a la Cumbre de Pekín. Me ha sorprendido un titular un poco desesperanzado de un periódico africano, formulado como pregunta: «China: ¿la última esperanza de África?»

China ha declarado que duplicará su ayuda a África tal como hizo el G-8 el año pasado.

El mercado chino puede ser una salida atractiva para los productos africanos, al igual que los recursos naturales de África constituyen hoy en día una atracción para el mundo entero. Y no sólo sus recursos petrolíferos. La población de África es muy joven y debería doblarse, como mínimo, en las próximas cuatro décadas, mientras que la población europea y china envejecerá e incluso disminuirá.

En 2050, un habitante de la Tierra de cada cinco será africano (mientras que tan sólo uno de cada veinte será europeo). Quien dice crecimiento demográfico dice crecimiento de la producción y del consumo. El mercado de la telefonía móvil en África ya está creciendo a un ritmo del 60 % anual. En resumen, el mercado africano puede convertirse en un mercado impulsor del crecimiento.

El comercio entre África y China se ha decuplicado durante la última década, mientras que en ese mismo período el comercio con Europa ha disminuido del 44 al 32 %.

El atractivo de China puede entenderse, ya que Europa, por su parte, impone normas en materia de derechos humanos y buena gobernanza ante las que China cierra los ojos.

Yo no he venido aquí a dar lecciones a África ni a China. Debe haber sitio para todos en el gran mercado mundial.

No obstante, me gustaría reiterarles hasta qué punto estoy convencido de que el desarrollo sostenible pasa por el respeto del Estado de Derecho y la buena gobernanza, los únicos principios capaces de garantizar una distribución justa de los beneficios.

Considero esencial que África vele por una explotación sostenible de sus recursos en aras de su desarrollo. También debería diversificar su economía y sus exportaciones para reducir los efectos de las fluctuaciones de los mercados y del dólar.

Prever el cambio climático

La Cumbre China-África casi ha coincidido con otro acontecimiento que también me ha impresionado: la Conferencia sobre Cambio Climático que acaba de celebrarse en Nairobi.

Esta Conferencia no ha anunciado buenas noticias para África: () África es el continente que menos contribuye al calentamiento del clima, pero será el más afectado por éste.

Malí, por ejemplo, podría experimentar sequías y una desertificación más intensas. En 2025, prácticamente 500 millones de africanos vivirán en regiones en las que el agua será un bien muy escaso.

Razón de más para rentabilizar al máximo la ayuda al desarrollo, especialmente para mejorar infraestructuras vitales como el abastecimiento de agua.

Si las condiciones de vida se deterioran, y si el desarrollo no se extiende en mayor medida a todas las capas de la población y a todos los territorios, las presiones migratorias se acentuarán.

Gestionar juntos las migraciones

Quisiera poner punto final a mis palabras refiriéndome al tema de las migraciones.

A mi país, España, y concretamente al archipiélago de las Canarias, llegan cada día más de un centenar de refugiados africanos a bordo de pateras. Y los que llegan son tan sólo los supervivientes, los que no han perecido en los naufragios. El Eldorado europeo hace soñar tanto, que muchos emigrantes emprenden esta aventura arriesgando sus vidas y pagando sumas colosales a los traficantes de seres humanos. El volumen de negocios de estos «nuevos negreros» está a punto de superar al de los traficantes de droga.

¿Qué puede hacerse para evitar estos dramas cotidianos o tragedias como la ocurrida en Ceuta y Melilla el año pasado?

Reconozco que a Europa le incumbe una gran parte de la responsabilidad. Así lo dije ante los Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea hace algunas semanas. Si tuviéramos una verdadera política europea en materia de inmigración legal y si no existiera una oferta de trabajo clandestino en Europa, los candidatos a la inmigración ilegal serían menos numerosos. Por consiguiente, en primer lugar debemos organizar la inmigración legal para desincentivar la inmigración ilegal. También debemos facilitar las transferencias de fondos de los expatriados hacia sus países de origen. En algunos países, estas transferencias son superiores a las ayudas públicas al desarrollo. Al parecer, aquí en Malí, en la comunidad Soninké, gracias a un emigrante pueden vivir diez personas que hayan permanecido en el país.

Para que estos flujos puedan continuar, los países de la Unión Europea también deben garantizar la integración de los inmigrantes y su formación. Por último, debemos actuar conjuntamente para ofrecer oportunidades de retorno a los emigrantes, no bajo escolta policial, sino libremente, para que vuelvan a participar en el desarrollo económico.

Europa envejece y necesitará mano de obra. África es joven y necesita recursos y mercados. Tenemos intereses complementarios que debemos gestionar juntos.

Son demasiados los europeos que siguen viendo África como una reserva de mano de obra de la que podrían aprovecharse siguiendo sus particulares criterios.

África merece mucho más que eso. África y Europa pueden hacer mucho más. Y deben hacerlo sin tardanza.

Muchas gracias.

FONT: Parlament Europeu