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Señor Rector
Señor Ministro:
Señoras y señores profesores:
Queridos estudiantes:
Siempre es un placer volver a Roma, la «Ciudad Eterna», la que ha dado su nombre al Tratado fundador de la Comunidad.
También es en Roma donde, 47 años más tarde, se firmó el Tratado constitucional. Aquí se conserva como un tesoro la versión original de este nuevo Tratado. Sin embargo, es difícil pretender hoy que el texto entrará en vigor tal cual.
Desde los dos referendos negativos en Francia y en los Países Bajos, la Unión Europea se ha sumido en una profunda «reflexión», por no decir en una profunda perplejidad. El próximo mes de junio, la Presidencia alemana debería presentar una propuesta para salir del actual bloqueo.
Cuando llegó al poder, la Canciller Angela Merkel declaró que deseaba salvar el conjunto del texto constitucional. Ahora, parece menos optimista. Hace algunos días, durante una visita a los Países Bajos, declaró que «el problema durará algún tiempo y no se resolverá durante la Presidencia alemana».
Ayer, ante la Cámara de los Diputados, expuse las posibles pistas para reactivar el proyecto constitucional. Quisiera aprovechar la oportunidad de hablar ante los jóvenes italianos que se me ofrece para subrayar algunos otros desafíos políticos que, además del Tratado constitucional, esperan a nuestra «vieja» Europa.
Ustedes son muy jóvenes. Seguramente, sus padres nacieron en la época del Tratado de Roma y ustedes durante el decenio en que el Acta Única lanzó el gran mercado europeo. Todo esto, ¿les dice aún algo?
Hoy en día, el ideal de los Padres fundadores, el ideal de una Europa sin guerras, ya no es tan sugerente. La paz, lo mismo que la libertad de cruzar las fronteras, les parece a ustedes algo natural. Seguramente, para ustedes la guerra ya es Historia y piensan que no pueda repetirse.
La Segunda Guerra Mundial es para ustedes tan lejana como lo es para mí la guerra de Cuba, cuando España perdió sus últimas colonias. Es el prototipo de un acontecimiento muy remoto. Muy pronto, para ustedes la lira italiana se habrá convertido en un lejano recuerdo.
Por supuesto, después de siglos de guerras entre las naciones europeas, sesenta años de paz quedarán en los manuales de historia como un logro extraordinario de la segunda mitad del siglo XX.
Hoy, sin embargo, son muchos los que esperan otra cosa de Europa. La paz era el reto del siglo XX; la globalización es sin duda alguna el reto del siglo XXI. En este terreno es donde todos esperamos que Europa se afirme hoy. Europa tiene que convertirse en un actor global en un mundo globalizado. Europa tiene que trabajar por una globalización equitativa, por reducir el recalentamiento climático, gestionar los flujos migratorios pero, también, procurar su propia adaptación interna a la evolución rápida del contexto mundial.
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La manera en que la Unión Europea dará respuesta a estos desafíos condicionará su vida y la de sus hijos, si algún día deciden tenerlos ...
Les digo esto porque quisiera hablarles en primer lugar de uno de los principales desafíos internos que se plantean en la Unión: el envejecimiento de la población. ¿Por qué hablar de envejecimiento de la población ante un auditorio tan joven?
En primer lugar, porque los jóvenes italianos, como la mayoría de los jóvenes europeos, no tienen suficientes hijos. En términos un tanto cómicos, se podría decir que el joven italiano es una especie en vías de desaparición. Cuando una especie no se reproduce es síntoma de un contexto desfavorable y de falta de confianza en el futuro. La precariedad del empleo o las dificultades para acceder a una vivienda no inducen a formar una familia. En segundo lugar, quisiera hablarles del envejecimiento porque sus consecuencias pesarán sobre sus hombros.
Sólo mencionaré algunas de ellas, pero son importantes: las consecuencias económicas y sociales; las consecuencias para nuestras políticas de inmigración; por último, veremos las respuestas que Europa puede aportar.
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Una constatación: Europa envejece
En 1900, 1 de cada 4 habitantes del planeta era europeo. En 2050 sólo habrá 1 de cada 20 ... La Unión Europea, que ya se percibe geográficamente como una pequeña apéndice del continente eurasiático, se convertirá en una minoría demográfica: el 5 % de la humanidad.
A pesar de la adhesión de Rumania y de Bulgaria, sólo alcanzamos el 7,5 % (UE-27 = 490 millones para una población mundial de 6 500 millones). Si queremos preservar nuestra capacidad de influencia, es hora de dotarnos de políticas e instituciones más sólidas.
No sólo nuestra población será cada vez más minoritaria, sino que también será cada vez más vieja. El envejecimiento es un dato ineludible de nuestro futuro común. Se estima en 2,1 hijos por mujer la tasa de fecundidad necesaria simplemente para renovar la población.
Ningún país europeo alcanza este umbral. Hoy en día, la UE-25 registra una tasa media de 1,5. Italia, lo mismo que mi país, España, están por debajo de esta media con una tasa de apenas 1,3. La mayoría de los diez nuevos Estados miembros no llega sino a 1,2. Si nada cambia, en 2050 Italia habrá perdido nada menos que 6 millones de habitantes y España le habrá arrebatado a Japón el título de país más viejo del mundo.
Ante una perspectiva tan implacable, no tenemos mucho tiempo para reaccionar. Curiosamente, lo mismo que para el recalentamiento climático, los próximos diez años serán decisivos.
El antiguo Vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, hace una gira mundial para presentar su película reportaje sobre el cambio climático. Según Al Gore, todavía tenemos abierta una ventana de oportunidad de 10 años para tomar medidas radicales y evitar los escenarios más catastróficos. Resulta sorprendente que, en un reciente informe, la Comisión Europea diga lo mismo a propósito del envejecimiento: «El desafío no es insuperable si hacemos buen uso de la breve ventana de oportunidad, unos diez años, de la que todavía disponemos».
En otras palabras, ahora es cuando tenemos que adaptar nuestras políticas. Dentro de diez años será demasiado tarde. Los regímenes sociales y las finanzas públicas sufrirán presiones demasiado fuertes.
A esta presión interna se añaden formidables presiones externas, como la globalización.
He visitado hace poco la India y China. Confieso que me impresionó el dinamismo económico de estos dos inmensos países.
Cada año, China registra tasas de crecimiento del 10 %. La India alcanza el 6 % o el 7 %. Nosotros, nos movemos entre el 1,5 % y el 2 %.
Ambos países invierten en investigación. También invierten en la economía global. Radicalmente hostiles en otro tiempo, hoy tratan de llegar a acuerdos para garantizar su abastecimiento energético.
China está a las puertas de un envejecimiento demográfico más brutal que el nuestro, debido a su política de desnatalidad voluntaria, pero conservará una fuerza de choque económica respetable. Por su parte, en 2030 la India podría convertirse en el país más poblado del mundo y con la población más joven. De cada cuatro jóvenes habitantes de la Tierra, uno será indio.
Hablando con intelectuales indios del mundo multipolar en formación, me he dado cuenta de que no consideran Europa un polo significativo. Ven a Europa como algo viejo, como una especie de museo al aire libre.
Es cierto que cuando uno se pasea por Roma tiene la sensación de estar recorriendo un museo al aire libre. Muchos autores así han descrito la ciudad al descubrir a través de los vestigios depositados por el tiempo una especie de «milhojas» de dos mil años de historia. Pero olvidaban la creatividad y el modernismo de Italia. Hoy, sin embargo, tenemos que ser conscientes de que así es cómo otras partes del mundo ven a Europa entera.
Al regreso de estos países, los debates sobre la Constitución o sobre la «Europa de los proyectos» parecen engorrosos y lentos. De Consejo Europeo en Consejo Europeo, como en Lahti hace tres semanas, avanzamos a pasos cortos sobre cuestiones que sin embargo son cruciales: inmigración, competitividad, innovación, energía. Mientras tanto, otros avanzan a pasos agigantados.
Consecuencias económicas y sociales
No es mi intención fomentar los temores que la globalización inspira en Europa. Más bien, mi intención es subrayar que es urgente adaptarnos, porque las estadísticas demográficas no hablan en nuestro favor.
En Europa, los niños del «baby-boom» de la posguerra tienen hoy entre 45 y 65 años. En los próximos diez años, pasarán a aumentar el número de inactivos. En los últimos cuarenta años, la esperanza de vida aumentó 8 años y podría aumentar otros 5 en los próximos cuarenta. Hoy en día, en la Unión Europea 4 personas tienen entre 15 y 64 años de edad frente a 1 persona de más de 65 años. En 2050 sólo habrá 2 personas de entre 15 y 65 años de edad frente a 1 persona de más de 65. En Italia, la tasa de dependencia de las personas de edad es la más elevada. Y seguirá siéndolo.
Las pirámides de edad ya no tendrán nada que ver con las maravillas de Egipto: serán pirámides obesas y de pies pequeños. Por arriba, personas de edad más longevas y, debajo, personas jóvenes que hacen menos hijos. En otras palabras: en muchas familias habrá más abuelos que nietos. En 2050, corremos el riesgo de que la población activa de la Unión Europea se reduzca al menos en 30 millones de personas.
Según la Comisión Europea, los gastos vinculados al envejecimiento (pensiones, salud, servicios a las personas) podrían hinchar el presupuesto público en una proporción de entre 3 y 4 puntos del PIB de aquí a 2050. Para darles una idea de las dimensiones, esto equivale a tres o cuatro veces el presupuesto europeo, que actualmente se limita a aproximadamente un 1 % del PIB.
Es fácil imaginar el peligro de desviaciones presupuestarias y de endeudamiento, en detrimento del potencial de crecimiento, pero también en detrimento del funcionamiento de la moneda única. Por eso, hoy es importante consolidar los presupuestos nacionales, pero también aumentar la tasa de empleo para disponer de un mayor número de contribuyentes. (El objetivo de la Estrategia de Lisboa es alcanzar una tasa de empleo del 70 % en 2010. Hemos pasado del 62,4 % en 2000 al 63,8 % en 2005).
Será difícil financiar políticas de futuro con una población que se reduce y que pesa cada vez más en las finanzas públicas.
Tenemos que elegir entre el declive o la superación.
Para declinar, es fácil: basta con no hacer nada. Para sobrevivir, tenemos que reforzar la natalidad. Pero esto toma tiempo, es una solución a largo plazo. Lo inmediato consiste en abrirnos en mayor medida a la inmigración legal y luchar con determinación contra el trabajo clandestino, que con frecuencia acompaña la inmigración ilegal, como por ejemplo en el sur de Italia.
La semana pasada estuve en Grecia. Me han explicado que el Partenón se construyó con obreros inmigrados. Al parecer, durante la construcción del Acrópolis se instauró, por primera vez en la historia de la humanidad, el «salario mínimo» como método para controlar los costes, pero también para evitar el trabajo clandestino.
Consecuencias migratorias
De aquí a 2050, la población de la Unión permanecerá estancada o incluso disminuirá, pero no ocurrirá lo mismo en las regiones vecinas. Hoy en día, la población mundial es de 6 500 millones de personas. Dentro de cuarenta años, será de 9 000 millones.
Los demógrafos prevén un verdadero «boom» demográfico en África y en los países musulmanes, donde la población podría duplicarse. Si el «baby-boom» africano y musulmán se combina con un desarrollo económico in situ demasiado lento, la pauperización y la inestabilidad irán en aumento en estas regiones vecinas.
Por lo tanto, es de esperar que la presión migratoria en las fronteras meridionales aumente año tras año. Desde principios de este año, más de 26 000 clandestinos africanos llegaron a las costas de las islas Canarias y otros tantos asiáticos a las islas griegas. Más de 10 000 clandestinos desembarcaron en Lampedusa. Entre 2004 y 2005, el desembarco de clandestinos aumentó en un 70 %. Las estimaciones del número de clandestinos en la Unión Europea son muy aproximadas: entre 3 y 7 millones.
En cuanto a la inmigración legal, la Unión Europea registró 1,8 millones de inmigrados en 2004, es decir, más que en los Estados Unidos. Sin la inmigración, la población italiana ya estaría en disminución. La población alemana ya disminuye, a pesar de una inmigración numerosa.
¿Qué respuestas tiene Europa?
Para ustedes, los estudiantes, el desafío del envejecimiento implica algunas «malas» noticias. O, por lo menos, nuevas exigencias. La primera es que, probablemente, tendrán ustedes que trabajar incluso pasada la edad de 65 años. La segunda es que, cuando hayan concluido sus estudios, no habrán acabado de estudiar. No es mi intención ser sádico, sino realista.
El envejecimiento demográfico tiende a frenar el crecimiento. Algunos piensan que incluso podría frenar la innovación. En consecuencia, la mejora de nuestra competitividad colectiva pasará por la mejora de nuestra competitividad individual a lo largo de la carrera profesional, es decir, por la formación continua.
Puesto que el empleo ya no está garantizado de por vida, habrá que invertir más en los trabajadores para que puedan encontrar un nuevo empleo y adaptarse a una economía innovadora. Porque para economías como las nuestras, próximas de la «frontera tecnológica», la innovación es lo único que puede garantizar el crecimiento.
Las economías basadas en la agricultura o en la industria pesada tienen menos necesidad de la formación continua. Pero para economías en las que los servicios y la tecnología son preponderantes, la capacidad de innovación será determinante para crear crecimiento. Es un error creer que le llevamos una buena delantera a la India o a China. Muchas economías emergentes queman las etapas del desarrollo y toman rápidamente posición en sectores avanzados, como lo hace la India en el sector informático.
El éxito económico de países como Corea del Sur y Taiwán demuestra que es importante invertir masivamente en educación superior y favorecer la colaboración entre empresas y universidades. Los Estados Unidos son otro ejemplo. Desde hace veinte años, la tasa de crecimiento estadounidense es netamente superior a la de la Unión Europea. Esto se debe, entre otras cosas, a que el crecimiento de los Estados Unidos se basa en la innovación mientras que el crecimiento europeo sigue siendo sustancialmente el mismo que el del siglo pasado y se basa en mayor medida en la imitación.
Por supuesto, hay excepciones bien conocidas como Nokia, Ariane, Airbus, el AVE ... Pero, ahora que las menciono, me doy cuenta de que siempre son las mismas y de que nuestra capacidad de innovación todavía no es lo que podría ser. En Europa, con demasiada frecuencia la educación superior se destina a asegurar una buena profesión a los diplomados, mientras que en un mundo que evoluciona con rapidez lo que hay que estimular es más bien la capacidad de adaptación y de innovación.
Muchos europeos todavía son escépticos. ¿Es posible creer que la innovación podrá dar trabajo a los millones de trabajadores que pierden su empleo? ¿Cómo creer en las virtudes del modelo estadounidense, cuando vemos una economía rica y una gran mayoría de la población que empobrece?
No estoy diciendo que el sistema estadounidense, que sacrificó el Estado providencia, sea un modelo que hay que seguir. Existen otras vías posibles, como lo demuestran los países nórdicos. Países como Finlandia logran combinar la innovación, la especialización y la flexibilidad con una seguridad social digna de este nombre y unos niveles de vida satisfactorios para el conjunto de las categorías sociales.
En su informe 2006 sobre la competitividad, el World Economic Forum clasifica a cuatro países europeos en los cuatro primeros puestos: Suiza, Finlandia, Suecia y Dinamarca. Finlandia, Suecia y Dinamarca también ocupan los tres primeros puestos por la calidad de la educación y de la formación. La Comisión Europea elabora en estos momentos las propuestas que hará públicas a principios de 2007. Se trata de proponer nuevos puntos de equilibrio entre la flexibilidad de las empresas y de los contratos de trabajo, la movilidad, la formación permanente, la seguridad y la protección social, la conciliación de vida profesional y vida privada.
Cuando se lanzó en el año 2000, la Estrategia de Lisboa tenía por objetivo hacer de Europa la economía más competitiva del mundo en 2010. De nuevo, Europa se daba un plazo de diez años para reaccionar. Uno de los objetivos consistía en dedicar el 3 % del PIB a la investigación, condición indispensable para la innovación. A medio camino, seguimos estando en apenas el 1,9 %. Si los Estados miembros respetan sus actuales compromisos, podríamos alcanzar el 2,6 % en 2010, porcentaje claramente inferior a los esfuerzos de nuestros competidores.
Según las últimas cifras disponibles, el sector privado, en lugar de alcanzar a sus competidores no europeos, lleva retraso. En 2005, las empresas europeas aumentaron sus inversiones en I&D en un 5,3 %, frente al 8,1 % de las empresas estadounidenses, al 11,6 % de China, al 12,2 % de Corea del Sur ...
La intensidad tecnológica de las empresas europeas, es decir, las inversiones en investigación comparadas al volumen de negocios, empeora. Pero la investigación no es únicamente una cuestión de dinero. El contexto político y legislativo también es determinante.
En repetidas ocasiones, el Parlamento Europeo ha pedido a los Estados miembros que redoblen esfuerzos para crear un entorno más favorable a la inversión: incentivos fiscales, mejor cooperación sector público - sector privado, mejor movilidad de los investigadores, mejor protección intelectual mediante la creación de la patente europea ... Pero los progresos son lentos.
El envejecimiento de la población también exige una mejor gestión de los flujos migratorios. En la Cumbre informal de Lahti, el 20 de octubre, tuve la oportunidad de dirigirme a los Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión. Porque, también en este ámbito los progresos son lentos. Algo se ha progresado en la lucha contra la inmigración ilegal, que se decide por mayoría cualificada en codecisión entre el Parlamento y el Consejo. Pero el enfoque es sobre todo represivo. Más aún, la principal directiva, la Directiva «retorno», está bloqueada en la mesa del Consejo desde hace un año.
En cambio, la Unión no progresa en la cuestión de la inmigración legal que debería permitirnos compensar el declive demográfico. En este caso, los Estados miembros han optado por atenerse a la regla de la unanimidad. Aquí también, el principal acto legislativo - sobre las condiciones de entrada y estancia de los nacionales de terceros países a efectos de empleo - quedó bloqueado durante varios años y por fin se retiró.
Es paradójico: los Estados miembros se reprochan sus políticas nacionales pero, al mismo tiempo, se niegan a que exista una verdadera política común y se paralizan con la unanimidad. Mi país, España, e Italia han sido el blanco de las críticas de otros gobiernos por hacer decidido la regularización masiva de inmigrantes clandestinos. Pero no se propone una política común.
Por supuesto, la inmigración no es la solución milagrosa para el declive demográfico, porque tiene sus límites sociales y presupuestarios. Si en Italia quisiéramos mantener la tasa de 4 activos por 1 inactivo, habría que acoger a 150 millones de inmigrantes hasta 2050. Pero es una solución parcial que no tomamos en consideración.
Desde la perspectiva del desafío demográfico, la Unión Europea ofrece una imagen de inmovilismo. El Parlamento Europeo ha manifestado a menudo su impaciencia. Personalmente, después de haber estado en la India y en China, nuestro estancamiento me impresiona aún más. Vistos desde allá, damos la imagen de la «Bella Durmiente del Bosque». O más bien de la Cenicienta, que se mira en el espejo y no logra decidir si se pondrá el vestido federal o el intergubernamental. A fuerza de indecisiones, podría llegar tarde al baile de la globalización.
La eficacia es una exigencia ineludible de las democracias modernas. Es lo que condiciona la legitimidad de las instituciones. Esta regla se aplica más especialmente a la Unión Europea, cuya legitimidad no queda tan bien establecida como la de los niveles de poder más próximos: Estados, regiones, colectividades locales.
Si la Unión Europea no hace mayores esfuerzos para responder a los desafíos de este siglo perderá legitimidad. Y al ser menos legítima, los Gobiernos vacilarán todavía más en gestionar juntos su destino común. Éste es el círculo vicioso del que hoy tenemos que salir. Para que nuestro declive demográfico no signifique nuestro declive a secas.
Muchas gracias.
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