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Article de Josep Borrell: "París-Edimburgo-Ankara" a La Estrella Digital (08.05.2007)

Francia, Reino Unido y Turquía han sido escenarios de importantes acontecimientos políticos que redefinen el paisaje político en Europa.

El más importante, y el mejor conocido, han sido las elecciones presidenciales francesas, cuyo resultado había dejado de ser una incógnita después del debate Sarkozy-Royal. Pero la intensidad mediática de su desarrollo no debe ocultarnos la relevancia de la crisis política en Turquía o de la factura que los britanicos, especialmente los escoceses, le han pasado a Blair al cumplir 10 años en Downing Street.

El pasado domingo, el “campo laico” ha conseguido boicotear por segunda vez la elección como presidente de la República del ministro de Exteriores, Abdula Gül, del partido islamista moderado Akp y brazo derecho del primer ministro Recep Tayip Erdogan. Previamente, el Tribunal Constitucional había anulado la primera votación por la falta de quórum provocado por la ausencia de la oposición laica.

La retirada de Gül abre las puertas a elecciones anticipadas y a reformas constitucionales propuestas por Erdogan para “devolver la voz al pueblo”, pasando de un sistema parlamentario a uno presidencial en el que el presidente de la República sería elegido por sufragio universal directo, como en Francia.

Hasta ahora, los presidentes turcos habían sido elegidos en la tercera o cuarta vuelta, cuando ya sólo hace falta mayoría simple, pero la decisión del Constitucional hace que el candidato necesite de entrada el apoyo de dos tercios de los diputados, lo que implica un alto grado de consenso para un puesto que es bastante más que honorífico, puesto que el presidente puede vetar leyes y nombramientos, como ha hecho el presidente radical-laico saliente.

La reforma constitucional propuesta tiene todavía un largo camino por delante para llegar a ser realidad y todo dependerá del resultado de las legislativas de julio. El enfrentamiento entre las élites urbanas laicas kemalistas y una mayoría de la población rural en la que crece el sentimiento religioso será muy intenso, bajo la atenta mirada del Ejército y las crecientes dificultades para la adhesión a la UE en el horizonte.

No creo que los temores que se respiran en Europa sobre un nuevo golpe de Estado militar en Turquía tengan fundamento. Es cierto que la advertencia del Estado Mayor sobre un islamista, por moderado que sea Gül, a la Presidencia de la República están fuera de los parámetros habituales de las democracias europeas. Pero Turquía ha evolucionado mucho para pensar que un golpe militar, y ya sería el sexto desde 1960, sea posible. Este tipo de reacciones pertenecen al pasado, y sobre su imposibilidad pesa mucho una perspectiva europea que hoy, después de la elección de Sarkozy, parece mucho más lejana.

Erdogan tiene razón en pedir a Europa que se aclare con respecto a Turquía, que sea sincera y que “si no nos quiere que nos lo digan cuanto antes”. Sarkozy ya le ha dicho “no” con toda rotundidad, a diferencia de la ambigüedad de su rival Royal, que lo remitía todo a la decisión, en un día lejano, del pueblo francés, como remitía la concreción de muchas de sus reformas a los acuerdos entre los interlocutores sociales. Probablemente, los franceses han preferido la claridad y concreción de Sarkozy y su elección clarifica muchas de las cuestiones que se plantean en Europa.

Ahora ya sabemos que no habrá nuevo referéndum en Francia. Muchos habrán suspirado aliviados, pero eso implica rebajar mucho, probablemente demasiado, el contenido del nonato Tratado Constitucional. Probablemente éste quedará reducido a los elementos operativos del funcionamiento institucional, a la “caja de las herramientas” necesaria para poder seguir trabajando después, como razona mi buen amigo Michel Barnier, despedido por Chirac después del fracaso del referéndum y probable nuevo ministro de Exteriores de Sarkozy.

Tal como están las cosas, quizá no haya otra solución que la de dividir el proceso en dos fases, la primera “instrumental” para permitir que el complejo sistema de la UE ampliada funcione, y después una de redefinición de objetivos y políticas que hoy no se podría abordar con demasiadas probabilidades de éxito.

En realidad, Turquía y referéndum versus Parlamento eran las dos únicas grandes cuestiones europeas que separaban a los dos candidatos. Pero si la cuestión europea ha sido evitada, ambos se han referido frecuentemente a los líderes europeos con los que van a tener que trabajar, citándoles como ejemplo para las políticas que proponían. Ha sido así para Merkel y Blair, o los escandinavos, pero también y especialmente para España y para José Luis Rodríguez Zapatero.

¿Quién iba a decirnos que España y su Gobierno serían tantas veces citados como ejemplo o como referencia de autoridad sobre lo que hay que hacer o no durante el debate de dos candidatos a la Presidencia de la República Francesa? Más allá de la satisfacción que eso nos produzca, es prueba del emerger de un sistema de relaciones políticas intraeuropeas basadas en el conocimiento y aprendizaje mutuo.

¿Si otros países lo han conseguido, por qué el pleno empleo no sería posible en Francia? Es cierto que proponían soluciones diferentes y que al final una Francia envejecida y de derechas ha votado a la derecha como remedio más seguro frente a los riesgos de la globalización y para satisfacer la demanda de orden y autoridad que estaba ya patente en los resultados del 2002.

Sarkozy ha ganado, sobre todo, por la debilidad de una izquierda dividida y por el éxito de su “OPA” a la extrema derecha de Le Pen, cuyos votantes no han hecho caso a su consigna de abstención.

Ségolène Royal también usó de sus referencias europeas, escandalizando a veces a su partido por las referencias a Blair en vísperas de su importante fracaso electoral en Escocia y Gales. El PS francés deberá ahora analizar las causas de su derrota, honorable pero clara, y revisar su política de alianzas. No tiene reserva de votos a su izquierda y el centro de Bayrou puede disolverse después de las legislativas si no consigue un grupo parlamentario suficientemente fuerte.

Probablemente el método de las primarias será puesto en cuestión, a Royal no le cederán fácilmente el papel de líder de la oposición ni le concederán una segunda oportunidad. Pero cuando se hayan celebrado las elecciones británicas, el paisaje político europeo se habrá acabado de transformar completamente y la nueva generación de líderes tendrá que demostrar, con las críticas decisiones que les esperan, qué clase de Europa quieren para el mundo que se nos viene encima.