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"El coste para el mundo de la crisis de Turquía", article de Joseph S. Nye (Project Syndicate) Turquía celebrará sus elecciones parlamentarias en julio, cuatro meses antes de lo previsto, con lo que evitará por poco una crisis constitucional a propósito de la elección del próximo Presidente. No obstante, el episodio de inestabilidad política vivido por Turquía ha perjudicado a su política exterior y a su reputación internacional En el centro de la tormenta están el Primer Ministro Recep Tayyip Erdogan, jefe del Partido Justicia y Desarrollo (AKP), islamista moderado, y Yasar Buyukanit, Jefe del Estado Mayor del ejército turco, que se considera a sí mismo el custodio de la tradición republicana y laica establecida por Kemal Ataturk. Cuando Erdogan pensó en la posibilidad de abandonar su puesto de Primer Ministro para pasar a ocupar la presidencia a comienzos de esta primavera, el ejército y los partidos políticos laicos manifestaron un profundo malestar. El general Buyukanit dijo en abril que el nuevo presidente del país debe ser laico, pero "no sólo de palabra". Tras haberme reunido y conversado con Erdogan en más de una ocasión, me pareció un hombre moderado y razonable. Además, el AKP cuenta con un amplio apoyo entre los votantes turcos y con una ejecutoria admirable de crecimiento económico, legislación sobre derechos humanos y mejora del trato que recibe la minoría kurda de Turquía. El ministro de Asuntos Exteriores, Abdullah Gül, estrecho colaborador de Erdogan en el AKP, reiteró la solicitud de ingreso en la Unión Europea. Por eso, cuando Erdogan decidió nombrar a Gül candidato del AKP a la presidencia, me sorprendió la intensidad de la oposición laica. La clase dirigente laica sostiene que la moderación de que ha dado muestras el AKP hasta ahora refleja el equilibrio de poder que representa el control laico de la presidencia y que, si el AKP llega a controlarla, puede dejar de aplicar políticas moderadas. Los laicistas señalan preocupados a otros miembros del AKP, como, por ejemplo, el Presidente del Parlamento, Bulent Arinc, que son conocidos por su pronunciado conservadurismo social y religioso. Cuando el Parlamento turco intentó elegir al presidente el 27 de abril, Gül no recibió votos suficientes para vencer en la primera votación. El principal partido de la oposición sostuvo que la votación no era válida y el Estado Mayor declaró públicamente que "observaba la situación con preocupación". En Estambul se celebraron manifestaciones públicas gigantescas para apoyar la tradición laica kemalista de Turquía. El asunto pasó al Tribunal Supremo de Turquía, que anuló la votación parlamentaria, con lo que bloqueó, en realidad, la candidatura de Gül, por lo que Erdogan decidió adelantar las elecciones. En Washington y Bruselas, se observaron atentamente esos acontecimientos. Los Estados Unidos habían estado presionando a la UE para que tramitara la solicitud de ingreso de Turquía, pero la adhesión turca ya resultaba polémica en varios países de la UE, lo que refleja la preocupación por la cultura musulmana de Turquía y su gran población y también porque otra ampliación diluiría aún más el proyecto europeo. Ahora los opositores a la adhesión de Turquía a la UE han aprovechado los recientes acontecimientos para sostener que ese país no cumple las normas democráticas necesarias para obtener la plena adhesión. Señalan que el ejército de Turquía ha derrocado a cuatro gobiernos elegidos desde 1960 y sigue desempeñando un papel inadecuadamente importante en la política turca. Aunque la decisión del Tribunal Supremo y la convocatoria de elecciones significan que de momento la democracia turca ha esquivado una bala, el avance de Turquía en las negociaciones sobre la adhesión se ha aminorado aún más. Resulta lamentable para Turquía y para Europa. Con la aminoración de las negociaciones sobre la adhesión, los políticos turcos tendrán menos incentivos para continuar con las reformas necesarias para la adhesión. Turquía padece una sensibilidad nacionalista y ha habido grupos extremistas que han orquestado varios incidentes lamentables, incluidos ataques a minorías y acoso a figuras culturales como el premio Nobel de literatura Orhan Pamuk. Si Turquía se aleja de Europa, resultará profundamente socavada la afirmación por parte de la UE de que ejerce el "poder blando" en la política mundial. En el panorama más amplio, Turquía no sólo es un importante miembro de la OTAN, con influencia tanto en los Balcanes como en el Oriente Medio, sino que, además, desempeña un papel fundamental en el mundo. Una de las cuestiones decisivas del siglo XXI va a ser la de cómo afrontará el mundo el ascenso del islam político. Para los islamistas radicales (y algunos occidentales, también radicales), el ascenso del islam prepara el terreno para un "choque de civilizaciones", que acogen con agrado como procedimiento polarizador que les permitirá reclutar adeptos de entre la gran masa musulmana. Pero Turquía tiene capacidad para mostrar la superficialidad de esa hipótesis demostrando la compatibilidad de la democracia liberal y el islam. Por desgracia, quienes parecen haberla perdido son los neoconservadores del gobierno de Bush, para los cuales la invasión del Iraq y su liberación del régimen de Sadam Husein era lo que debía constituir un modelo para una ola de democratización que transformaría el Oriente Medio. Lo que consiguieron, en cambio, fue una "electocracia" que, a falta de instituciones liberales, substituyó la tiranía de la minoría suní por una tiranía de la mayoría chií y una guerra civil marcada por el sectarismo religioso. De hecho, la invasión del Iraq también perjudicó a Turquía económicamente y, además, al fortalecer la base para la organización terrorista kurda PKK, que actúa a partir del Iraq septentrional. El resultado ha sido un aumento espectacular del antiamericanismo en la política turca. Si los neoconservadores hubieran centrado, en cambio, su atención en el fortalecimiento del poder blando de Turquía, habrían podido hacer mucho más para impulsar la causa de la democracia en el Oriente Medio. |