banner

Pàgina d'inici

"Diplomacia en tiempos complejos", article de Miguel Ángel Moratinos (Foreign Policy, Juny 2007)

Hay una creciente tendencia entre analistas y expertos de las relaciones internacionales a usurpar términos de las ciencias físicas para defender ciertas teorías del actual devenir del sistema internacional. Algunos, como Robert Kagan, enfrentan a Venus con Marte para identificar los diferentes enfoques: Europa sería el poder blando y Estados Unidos el poder duro. Thomas Friedman va más lejos y asegura que el mundo ya no es redondo, sino “plano”, porque lo han aplanado la globalización y las nuevas tecnologías de la información. Hay quien recurre incluso a los agujeros negros de Stephen Hawking para describir situaciones catastróficas o la atracción que ejercen las hiperpotencias sobre los Estados-partícula.

La historia y el análisis de la diplomacia carecen de suficientes reflexiones e investigaciones teóricas. Por lo general, se han limitado, con desigual acierto, al relato cronológico de los fundamentos de la historia. La estela iniciada por Tucídides, que se prolonga hasta Henry Kissinger, no logra superar este enfoque analítico-descriptivo para identificar teorías aplicadas, que conciben y justifican distintos órdenes internacionales a lo largo de la historia. Desde el recurso al derecho natural hasta la tesis ilustrada del equilibrio del poder, inspirada en el enciclopedismo, o las pertenecientes a otros ámbitos del conocimiento, como la economía, existen soportes técnicos y fundamentos para comprender la dinámica del actual sistema de relaciones internacionales.

La introducción de conceptos como complejidad e incertidumbre, aplicados a ese sistema, es, a mi entender, la gran aportación de Kissinger. El antiguo secretario de Estado de EE UU señala que el futuro del siglo XXI está marcado, de forma contradictoria, por la creciente globalización y, por otra, por la fragmentación. La incertidumbre y la complejidad son los grandes desafíos a los que se enfrenta hoy el responsable político internacional: conocer las nuevas dimensiones que afectan a la comunidad planetaria y comprender cómo los nuevos factores que hasta hace poco no eran determinantes se rebelan en contra de su adjudicada irrelevancia.

NUEVOS ACTORES Y PROBLEMAS
Tuve el enorme privilegio de conocer hace poco al gran físico estadounidense y premio Nobel Murray Gell-Mann, autor de una ingente obra científica y cuyos libros ofrecen al profano un acceso fácil y ameno a la inexpugnable física cuántica. En su ensayo más conocido, El quark y el jaguar, introduce al lector en este fascinante mundo y, en clave autobiográfica, explica sus descubrimientos sobre las partículas elementales, pero, sobre todo, su afán por recorrer el camino de lo simple a lo complejo. Esta complejidad e incertidumbre de la realidad internacional afectan indudablemente a la política exterior española a la hora de diseñarla y conceptualizarla en estos comienzos del siglo XXI. La teoría de Gell-Mann sostiene que todos los sistemas, incluido el internacional, son sistemas complejos adaptativos que adquieren información tanto sobre su entorno como sobre la interacción entre el propio sistema y dicho entorno. Esta simple afirmación nos llevaría, a la hora de definir nuestra acción exterior, a conocer y estudiar nuestro sistema –es decir, España como país europeo, como potencia media, con sus lazos y vinculaciones tradicionales como Latinoamérica y el Mediterráneo– y a contemplar el nuevo hábitat, la nueva vecindad europea, el mundo global y la interacción entre todos ellos.

Hoy, junto al Estado-nación, sujeto político por excelencia de las relaciones internacionales de los siglos XIX y XX, hay que incorporar otras realidades, tanto regionales como transnacionales. La Unión Europea es, sin duda, nuestro marco esencial de actuación. No ya con carácter bilateral, sino como un espacio propio en el que se desarrollan políticas comunes de impacto directo. La primacía del derecho comunitario, la aplicación de las directivas europeas, la existencia de un mercado y una moneda únicos, de un espacio Schengen, la progresiva comunitarización de casi todas las políticas obligan a constatar el profundo cambio al que nos enfrentamos a la hora de fijar nuestra acción exterior.

Los problemas de carácter mundial no se resuelven con el simple voluntarismo nacional, ni siquiera con el europeo. La mundialización ha hecho realidad el pronóstico kantiano de que la “paz perpetua” sólo se alcanzaría a través de una Sociedad de Naciones Unidas. La familia onusiana está en un serio proceso de reforma y adaptación de todas sus organizaciones y agencias. El Consejo de Seguridad ya no es el santa sanctórum del poder internacional. Necesita una urgente revisión en la que la representatividad, la transparencia y la eficacia queden garantizadas. Así se otorgaría al multilateralismo una nueva legitimidad, hoy cuestionada por la mayoría de la opinión pública del planeta. Nos enfrentamos, por lo tanto, a actores políticos nuevos, a configuraciones reformadas, pero, además, y sobre todo, a un sinfín de nuevos sujetos internacionales. Muchos ciudadanos se preguntan quién dirige el mundo: los Estados-nación, los hiper-Estados (EE UU, Europa, Naciones Unidas…). La respuesta es negativa. Otros creen que lo hacen las fuerzas ocultas de las multinacionales, los movimientos antiglobalización y las plataformas alternativas, o las mafias y redes criminales y las ramificaciones de islamistas radicales. Todos participan en los intentos de gobernar o desgobernar el planeta y, por lo tanto, a todos hay que prestarles atención si queremos ser capaces de entender la nueva realidad internacional.

Entre todos estos actores se tejen una serie de relaciones contradictorias, incluyentes o excluyentes, de consecuencias imprevisibles. La previsibilidad obsesiona a políticos y diplomáticos, y lleva a que palabras y conceptos como estabilidad, seguridad y statu quo sean las más utilizadas y anheladas por el establishment.

INCERTIDUMBRE Y AZAR POSITIVO
Pero sería una equivocación no reconocer que la realidad, además de compleja, es dinámica, cambiante y, la mayor parte del tiempo, incierta e imprevisible. El principio de incertidumbre de Heisenberg prohíbe, por ejemplo, conocer de forma simultánea y con exactitud la posición y la velocidad de una partícula. Este mismo axioma podría aplicarse a la realidad mundial. Muchas veces, nos encontramos en una situación difícil para desvelar al mismo tiempo las razones, las posiciones y las posibles reacciones de un actor internacional ante un acontecimiento inesperado, pues si uno intenta saber una de estas variables, su propia intervención cambia las demás.

Théodore Monod, el científico francés, considera el azar como elemento clave de toda investigación. En este sentido, el mundo nos ilustra a diario con sucesos aleatorios, difíciles de prever o, sencillamente, donde el azar evita o propicia crisis. Basta con recordar el 11-S o el 11-M, las catástrofes naturales y los efectos del cambio climático, unos acontecimientos que, unidos a magnicidios y asesinatos, como el de Isaac Rabin, o la ausencia de voluntad y decisión políticas, nos introducen en avatares imprevisibles que pueden cambiar el curso de la historia. La imprevisión y el azar no son pretextos para rehuir el compromiso o alojarse en posiciones fatalistas. El azar positivo más determinante en el medio internacional es el acuerdo político efectivo, que puede diluir la visión catastrofista. Negar la capacidad de influir y gestionar estas crisis es desalojar la acción política del sistema de las relaciones internacionales. La ausencia de creatividad y de voluntad sólo conduce a gestionar mal la realidad y no a transformarla. En esencia, es la diferencia entre los que limitan su enfoque a la gestión de las crisis y los que optan por su resolución. Resolver conflictos es hoy tarea más compleja que en el pasado. Ya no se producen guerras convencionales, y los conflictos ya no concluyen en tratados de paz con vencedores y vencidos. No bastan recetas coercitivas, sino actuaciones que tengan en cuenta a la vez dimensiones políticas, sociales, religiosas y humanitarias.

En este sentido, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha optado de forma clara por resolver conflictos, y no sólo gestionarlos. Frente a planteamientos tradicionales que se limitan a gestionar el mundo que hemos heredado y obvian los desafíos que plantean las nuevas fuerzas emergentes, España ha ampliado las áreas de compromiso político efectivo y ha introducido en ellas mayores criterios de legitimidad, transparencia y calidad en la gestión. Sobre todo, en cinco áreas que este Ejecutivo considera vitales y que suponen auténticos retos para la política exterior de nuestro país: garantizar la paz y la seguridad mediante la llamada Estrategia Global contra el Terrorismo e iniciativas como la Alianza de Civilizaciones, que apuesta por el diálogo para superar las fuerzas negativas del rechazo y la incomprensión, o el incremento del contingente español en Afganistán; la lucha contra la pobreza con instrumentos efectivos como el Plan África y el aumento notable y progresivo de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD); la emigración, impulsando la Conferencia ministerial euroafricana de Rabat (Marruecos), que ha establecido un nuevo marco global multicomprensivo para la cooperación con la otra orilla del Mediterráneo, lugar de procedencia de la mayoría de los inmigrantes, y el futuro energético y el medioambiental. Así podremos ampliar los espacios asignados a la seguridad y al progreso global y combatir con eficacia los conflictos, la pobreza, la demografía, el cambio climático, el modelo energético... Fenómenos todos ellos afectados por cambios aleatorios.

Queda patente que no podemos dejarnos llevar por un espíritu fatalista y pesimista. Por el contrario, estamos obligados a profundizar aún más en el conocimiento de la realidad y a elaborar propuestas y acciones alternativas que tengan en cuenta los múltiples desafíos y posibilidades que nos plantean los nuevos tiempos. El sistema internacional debe arbitrar los mecanismos necesarios para amortiguar la imprevisibilidad y la incertidumbre.

Las leyes físicas, como afirma Murray Gell-Mann, permiten imaginar las probabilidades de diferentes historias alternativas del Universo, pero no pueden suministrar una teoría del Todo. En la diplomacia, deberíamos ser capaces de establecer historias probables y preparar posibles respuestas. Podríamos identificar con rigor las distintas partículas elementales (factores políticos, económicos, medioambientales), conocer su campo de acción y combinarlas con ese azar positivo, comprometido, que es la acción política de los gobernantes.