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"La izquierda europea", article de Mário Soares (El País, 06.09.2007) La Unión Europea sigue estando encallada en un punto muerto. La presidencia portuguesa se está esforzando por superarlo, procurando cumplir el mandato de la canciller Merkel y conseguir que el llamado Tratado Reformador sea firmado por los veintisiete miembros de la Unión en octubre o, en la peor de las hipótesis, antes de que acabe el año. Ya veremos si se llega a conseguir. Mientras tanto, la corrrelación de fuerzas políticas está cambiando en Europa, con la izquierda, en su conjunto, en una impresionante regresión. La socialdemocracia o el socialismo democrático, como prefiero llamarlo, está perdiendo terreno en el plano de los valores, incluso en los Estados cuyos gobiernos están dirigidos por partidos socialistas, como Italia, España y Portugal. Italia, con la creación de un partido democrático liderado por Walter Veltroni, parece dispuesta a que el socialismo desaparezca del mapa político italiano como si fuera una palabra maldita. En España y Portugal, por razones electorales obvias, hay una tendencia de aproximación al centro con la intención de poder derrotar con más facilidad a la derecha. Por no hablar de los países escandinavos, donde los partidos socialdemócratas han perdido buena parte de su antiguo vigor. O de los países del este europeo en donde, por razones comprensibles por otra parte, el socialismo conserva aún connotaciones muy negativas, heredadas de un pasado comunista que no despierta añoranzas. En el Reino Unido, la llamada tercera vía de Tony Blair y de Anthony Giddens es ya un recuerdo del pasado. El pragmatismo de Gordon Brown, anti-ideológico, procura asentarse ante la incapacidad real de los conservadores. En Francia, después de la victoria de Nicolas Sarkozy, una vez transcurridos sus primeros cien días -bastante erráticos políticamente en lo que a las posiciones adoptadas se refiere, como la propia personalidad de su inspirador- el Partido Socialista parece hundido en una enorme confusión -se habla incluso de una "refundación socialista", sin que llegue a explicarse lo que eso significa-, y la extrema izquierda, comunista, trotskista, alter-mundialista y verde, ha reducido significativamente su peso en el mapa electoral. Por todos lados crece, al parecer, la tentación centrista, que llama a la puerta de los socialistas. Es un fenómeno curioso que tiene que ver, sin duda alguna, con la propaganda realizada, en los últimos años, por el neoliberalismo, acerca de un supuesto "crepúsculo de las ideologías". Como si el neoliberalismo no fuera, en sí mismo, una ideología, triunfante tras el colapso del comunismo y sumida ahora en un acentuado descrédito -o acaso en fase de agotamiento- con el fracaso de las políticas de Bush, tanto en su vertiente interior (véanse las secuelas aún no superadas, dos años después, del huracán Katrina, en Nueva Orleans, la crisis financiera que ha ido surgiendo como una señal muy preocupante, aparte de los sucesivos escándalos ligados a la corrupción, y no sólo a ésta), como en la exterior (en Irak, Afganistán, Líbano, Irán, con el agravamiento del conflicto palestino-israelí, o en otras áreas geoestratégicas vitales como Rusia, China, Latinoamérica...). Durante los dos mandatos del presidente Bush (2000-2008), Estados Unidos pasó de ser la gran potencia dominante, el gendarme del mundo, con pretensiones de poder prescindir del sistema de las Naciones Unidas en beneficio de la superpotencia militar que todavía es, a estar dividida internamente y aislada en el exterior. ¡Un completo desastre! El terrorismo, el azote de nuestro siglo, lejos de retroceder, se ha fortalecido con las guerras de Afganistán y, sobre todo, de Irak: dos campos de entrenamiento privilegiados para los terroristas. La derrota de los neocons es, asimismo, un hecho irrefutable después de los abusos de poder y de los numerosos escándalos, de los que son ejemplos Wolfowitz, Karl Rove -el cerebro del pensamiento neocon- y, últimamente, Alberto Gonzales. De los más próximos inspiradores de Bush, el único que falta por abandonarlo es Dick Cheney, su tan comprometido y polémico vicepresidente. Curiosamente, este manifiesto declive del prestigio norteamericano, que reclama grandes cambios políticos, sociales y económicos, y que como tal es percibido por una abrumadora mayoría de los estadounidenses, no parece tener las mismas repercusiones en Europa. Los políticos europeos -y sobre todo los que se alinean en el socialismo democrático-, obcecados por el corto plazo y por el electoralismo fácil, parecen inmunes a los cambios que 2008 ha de traer necesariamente, dado el malestar de las opiniones públicas europeas y su profundo descontento en cuanto a la falta de políticas que satisfagan las legítimas aspiraciones de la población: salvar el planeta amenazado; luchar eficazmente contra la pobreza, no sólo en Europa, sino también en otros continentes; consolidar el modelo social europeo; asegurar la paz, mediante el reforzamiento de las Naciones Unidas; convertir a la Unión Europea en protagonista global, con sus propios valores y reconocida como tal en la escena internacional; revitalizar el socialismo democrático, de forma que puedan darse respuestas coherentes a las preocupaciones de las personas y a sus problemas concretos. Las elecciones al Parlamento Europeo, en junio de 2009, deberían ser una buena oportunidad para la afirmación del socialismo democrático. Se celebrarán en una situación internacional que se atisba como propicia. Pero hasta ese momento es preciso trabajar seriamente. Clarificar y debatir, a nivel de las bases, los problemas ideológicos y políticos, y plantear un proyecto político y socio-económico a largo plazo, sin ambigüedades. Las elecciones son importantes, pero no lo son todo. A no ser para los políticos de estrechas miras, que se limitan a ver la política a través del prisma exclusivo de sus ambiciones personales. |